lunes 21 de septiembre de 2009

Epistola sobre Margarita

Querido Lector,

Margarita es pervertida. Por sus venas corre tequila y de sus labios mana cítrico ácido que quema al sabor del frío. Margarita decide y lo hace, sin importar el fin, sin importar el medio. Pasión es su nombre y no tiene remedio.
Ya pudiera recitar un rosario con los nombres de los cincuenta amantes que ha tenido.
Todos y cada uno, incluyendo un primo y dos tíos, un hermano entero y otro medio.
Harto esfuerzo le ha costado coronar su numero cincuenta y uno, por mas que intente no cae, porque su victima no juega en sus grandes ligas, porque su alcance no es de tal tirante, porque su victima es su propio papá, su progenitor, el que puso el semen para su concepción, ese mismo, no miento, ese mismo es.
Cansada de planear estrategias de guerra, la pervertida Margarita se queda sin moción. Ya intentó la apertura de piernas al estilo Sharon Stone, la franela mojada sin sostén debajo, la lamida de dedos a lengua tendida, la amarrada de zapatos con retaguardia al sol, la pesadilla en la noche llamando a su papito, el accidente en la ducha cuando estaba en cueros, en fin, se le agotaron todas sus puterías, que risa, ja ja. Ya se que sueno como su peor enemiga de escuela al reírme, como a otra adolescente mas perra que ella y feliz de que no cederé el titulo de la pervertida del año. Pero, es que ser puta es una cosa, y ser pervertida otra.
El otro día me contó Sofía de Arreboles, su amiga morena sin tetas de décimo grado, que Margarita abrió un sitio Web llamado: www.hijasdelot.com donde relata todas las fantasías incestuosas que nacen de su frustración. Abuelos follando nietas, tíos sodomizando sobrinos, abuelitas masturbándose con los juguetes de sus nietos, papas besando a la Barbie de su hija, hijos oliendo en secreto los calzoncillos cagados de su papa, en fin, es asqueroso, monstruoso, y repugnante. No se para que lo cuento. Pero, si quería hacerlo para que descubrieran a Margarita, la incestuosa, la pervertida. Me contó también la que limpia su casa, que Margarita tiene un altar en su closet con fotos de su padre. Margie, como le llaman, enciende velas, ha intentado la santería, la magia negra, y aun así, su papá no cae en sus fauces. Ayúdenme a parar a esta perrilla, que no solo se pervierte, sino que se place en pervertir, en corromper, en maldecir.
Si la ven en la calle, no diré nada si le tiran piedras, no denunciaré, mas bien, apoyaré la causa. Si uno de estos días se pasea por el campo de béisbol, y tienen un bate en sus manos, no reaccionaré si confundieran la pelota con su cabeza llena de podredumbre, de pecado, de perdición.

Gracias por su apoyo y comprensión.

Atentamente,

Su mamá.

lunes 24 de agosto de 2009

Diario Nocturno


“…Y cuando el fuego de tu estancia los muebles dora, los dos nos miramos y sonreímos, mientras que el viento afuera, suspira y llora.”
Así decía el poeta, mi querida Marta. Así decía ese sádico de burdos papeles y tinta de sangre. Todo lo decía como yo lo sentía, pero a la inversa. El fuego de tu estancia que un día te dio lumbre, ya era traqueteo de ramitas agonizantes, brazas en pena, y ceniza que se dibuja en mi frente en forma de cruz para recordarme que polvo soy, y en polvo me convertiré. Tu mirada ya es esquiva para mi, pues no hay comparación entre la beatifica visión de la que gozas, con estos ojos verdes y llorosos, fatigados y tenues. ¿El viento? El viento ya no suspira, no llora. El viento es sádico como este verso que recito. El viento ahora se burla, se caga de risa. Un día cuando silbaba con más intensidad, hasta se orinó un poquito, no te miento, yo lo sentí. Maldito viento. Cuando hace calor, no sopla, se queda a la distancia meneando los cañizares para que yo me saboree. Cuando construyo ese castillo de naipes que tanto te gustaba, sopla el puñetero con brío y sin brida.
Así es, mi querida Marta, así están las cosas por aquí. “…Cuando el fuego de tu estancia en un instante se evapora, los dos nos perdemos y lloramos, mientras que el viento afuera, festeja y goza.”

lunes 6 de julio de 2009

Hispania

De España.
Cielo limpio y oscuro,
tierra tostada,
y cauces donde corre
muy lenta el agua.
Cristo moreno,
con las guedejas quemadas,
los pómulos salientes
y las pupilas blancas.

García Lorca. Saeta (Poema del Cante Jondo)

A un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme voy. A un lugar de molinos y riachuelos me acerco. ¿Hallaré refrigerio para mi alma sedienta debajo de un árbol en el calor de Sevilla?
Me pregunto, ¿cómo le ira al manco de Lepanto al mover el mouse de su ordenador? ¿Estarán Fernando e Isabel rezando el rosario o musitando el ángelus en medio de edictos papales y hambre de tierras? ¿Sabrá Velazquez que ahora en la red hay muchas meninas, con menos ropas, pero igual de dispuestas a posar?

Quiero ir a Salamanca y gritarle al río Tormes que no necesito pedir prestado nada que natura no me haya dado. Quiero sentarme y oír a Unamuno decir: «venceréis mas no convenceréis»; le pediré que me envíe por correo electrónico el archivo en Word de su discurso para reenviárselo a Pinochet, a Trujillo, a Sadam, y a uno que otro pendejo en este lado del planeta (al Acondroplásico también, me sugiere el Peregrino).

Quiero ir a Barcelona y descubrir la obra de Gaudi, oír hablar el catalán, oler el mediterráneo, mirarlo de frente sin dejar de espiar a Valencia al sur con posición cubista al estilo Picasso.

Quiero ir a Jaén, oír el grito melancólico de una cantaora, quiero que despierte con sus taconazos mis mas íntimos penares, que me acribille ese romancero guitarrista con su trinar de cuerdas como a Roberta Flack su suave asesino.

Quiero ir a Galicia, caminar hasta Santiago, aspirar su olor a sahumerio, sanar las llagas del camino y comer jamón en Lugo. En A Coruña quiero romper los estereotipos, comprobar que el gallego no es tonto y que el mar es la razón de su desvarío.

Si me cansare, ya borracho de Vigo, de Ferrol y de Pontevedra, 'coa vista ao lonxe sin tornar ollos atras', iría a Zaragoza a recostarme en sus pilares; sólo ahí me sentiré seguro.
Si muero de sed, en alguna fuente madrileña me saciaría. Si me cierran las puertas, la de Alcalá se me abrirá. Si de hambre fallezco, de algún madroño comeré. Si España no me recibe, el cielo me acogerá; citaré a Santa Teresa y con angustia exclamaré que muero porque no muero.

Esa es España, la madre patria, por la que somos hijos de puta los americanos. España la de santos y pintores, la de legistas, y escritores. España la que odiamos y amamos, de la que salimos para no volver, hoy rompo esa maldición y a ti retorno, con miedo y emoción. Temo que me llamen sudaca cuando abra mi boca, que me confundan con rumano por mis ojos verdes y mi piel de sol. Temo que me toquen una teta en un tren, me encimen una patada en la cara, y lo adornen con una letanía de insultos.

Déjame entrar España, y prometo no reclamarte el oro que le robaste a los indios, al fin y al cabo fue a ellos y no a mí. Yo vine contigo y mis abuelos participaron del festín. Déjame entrar y hablarte, escúchame, es tu idioma, el que me enseñaste a balbucear de niño, en el que rezo y maldigo, en el que insulto y acaricio. Déjame entrar y mostrarte que soy igual de morboso que tu, que me gusta ver matar toros, aunque de noche no pueda dormir. Déjame entrar y mostrarte que aún voy a las procesiones que remedamos aquí en nuestras montañas, que veo tu liga de fútbol, que me encanta tomar vino con un flamenco de fondo, que compro tus libros y hasta estoy haciendo fila para comprar un billete que me lleve hasta ti. ¿Por qué hemos llegado hasta esto? ¿Por qué me pones en esta situación? ¿Por qué me la haces tan difícil cuando, sirviéndote, vine en tu nombre a conquistar esta tierra de nieves y montañas, de palmeras y mares azules, de especies exóticas y ríos agresivos? Me cago en tu ley, como dices, basta de gilipolleces, si me dejas usar tus palabras. ¡Qué mierda, Madre Patria! ¡Qué putaza de madre eres! Me cago en tu Lorca y en tu Ortega, en tu Pío Baroja y en tu generación del 98, en tu Calderón y en tu herencia que persigue cada vez que me miro en un espejo, cada vez que me llaman Xavier, José, María, López, Hernández, Gómez, y González; cada vez que camino por mis calles y esos balcones me desconcentran y esas torres me lastiman la mirada y esas letras me laceran el intelecto, y me digo: ¡qué gran hijo de puta soy!

Basta. Ya mejor dejémonos de vainas. Me dieron el visado y me voy a España. Pero tranquilos, esbirros de Franco, el Generalísimo: sólo serán 10 días (menos porque deberé pasar por Portugal, a ver qué es lo que tanto dicen).
Vosotros que gritáis '¡país!', os juro que me tomaré unas cañas en Madrid, que me tomaré fotos en Toledo y que si me hacéis un gesto de desprecio, os hablaré en inglés para que me tratéis como gringo. Claro que si ni eso os vale, os mandaré a la mierda en el idioma de Shakespeare: What the fuck is the matter with you little spaniard? get away from me and put your little country up in your ass! Pero no, no será necesario. España es patria de gente noble también, ¿o no, Peregrino?.
Un saludo a mis amigos españoles, a mi familia que vive en España, y a ese gran lugar de La Mancha cuyo nombre siempre recordaré.

lunes 22 de junio de 2009

Arbiter Moris

Desde pequeño me ha gustado espiar, mirar, otear, indagar, buscar, seguir, hallar, encontrar, descubrir sólo para denunciar, para hacer castigar, para que el sorprendido sufra, enfrente el suplicio y escarmiente.
Desde pequeño me ha gustado seguir el rastro del pecado, oler las pistas del delito, saborear las sales de la mentira, contar los pasos del crimen y deleitarme ya con el gesto obnubilado, ya con el rostro perplejo del criminal.
Que ofrezca testimonio mi hermana, a la que después de un exhaustivo operativo le descubrí su horario de tres masturbaciones por semanas, ella que se decía santa menina. Supe con rigor matemático los días y las horas en los que lo hacía, cuantos dedos usaba, de qué foráneo objeto se valía, con qué fotos se inspiraba; hasta supe por qué, en el acto, sus brazos flacos lamía.
Que pase al paredón mi tío Felipe, que cuente con exactitud sus felonías, que diga si no le hallé dándole lengua a la vieja trémula de María.
Que pase ahora mi papá y que cuente su romance con el barbero; que diga si era la entrepierna, la tijera con que le pulían el trasero.
Si contara lo que sé, no habría libro que pudiera contener mi ciencia, tan empírica como metodológica. Si pudiera, añadiría lo de la vecina Ester que le tocaba las tetas a sus sirvientas, lo de Roberto, el paisa de la tienda de abarrotes, que canjeaba dulces con mi hermano a cambio de mamadas; también lo de la sacristana que se vestía de cura en las noches, lo del cura y sus soliloquios frente al espejo usando la ropa de su difunta madre, lo de los pajazos matutinos, vespertinos, y nocturnos del Peregrino visualizando a su Carmen de ubres santas. En fin, es mejor que no escriba, por que como a San Juan, ni me alcanzaría la tinta, ni tampoco el pergamino, mucho menos el opio para inspirarme tanto.
Como dije, desde pequeño me ha gustado espiar sólo por el morbo de hallar y delatar. Me deleita ver la cara del pecador, se me suben los niveles de anfetaminas y serotonina en mi cuerpo cuando encuentro al ladrón con su nuevo haber, al mentiroso desnudo ante la verdad, a la respetable señora con una verga ajena adentro, al corrupto sacando el as debajo de la manga, al guerrillero cargando droga e hipócritamente diciendo que no; cuando descubro el número telefónico del extorsionista por el identificador de llamadas y le devuelvo la llamada para extorsionarlo yo, me siento vivo, con propósito; me siento auditor, celador, prefecto de disciplina. Soy mejor moralista que Bernard Haring o cualquier protestante puritano. Me siento poderoso, mejor que los demás. Me siento el sacerdote ascético que tanto critica Nietzsche, soy el dedo ardiente de Torquemada, me siento Moisés con sus tablas y las demás que le siguieron, me siento como libro de Vallejo, que aunque critique lo anterior, entra en la misma categoría de la condena. Me hallo perdido en este mundo de lo bueno y de lo malo, de lo correcto y lo incorrecto, de lo permitido y lo prohibido. Brindo con la copa en alto cuando el que infringe no encuentra otra salida más que la estrecha puerta de la penitencia.
Fue un placer celestial, supra sensorial, indescriptible, y extático cuando a mi hermana le cortaron dos dedos como a la protagonista de la película El Piano, por andar de alborotada; cuando el esposo de la vieja trémula de María dejó inconsciente al tío Felipe con una palizada; cuando a mi papá le colgaron por los siglos de los siglos una letra M escarlata, como la del libro y la película, que alertaba a todos de la presencia de un marica; cuando a la vecina Ester la demandaron sus sirvientas por acoso sexual; cuando a mi hermano le dio gonorrea y herpes en la garganta por andar bebiendo de fuentes prohibidas, cuando Pilar después de ráfagas de golpes regresó a su aldea lejana y olvidada, cuando el cura Fidel murió sin saber lo que fue un enema, un examen de próstata o una escarbada en la poza séptica y finalmente, cuando al Peregrino lo sacaron de esa habitación sin pena ni gloria, tan sólo con una simple idea de la desnudez femenina. Cómo celebro, y qué feliz me siento al pensar, que gracias a mí, el crimen no encuentra vividero.
Ya no soy pequeño, soy adulto; sé lo que soy y lo que quiero hacer. Sólo no sé cómo hacerlo: quizá como abogado o como juez, como cura o como celador, como policía o como maestro, como filósofo o como guerrillero, como periodista o como presidente, como gran hermano o como tesorero. No me importa lo que me llamen, siempre haré lo manifiesto: cuidar del alma errada, aunque inútil sea hacerlo.

miércoles 3 de junio de 2009

Constanza o El Orgullo de Tener Tetas

Esa es Constanza, la negra de mejores caderas, la de piel de brea, y brillantez de ébano. Constanza fue premiada por natura, con tres pezones fue coronada, con mas placer fue laureada. Cuando se excita o hace frío, tiene mas formas de decirlo, no se erectan sus dos pezones, se erectan su tres. Que afortunada esa negra de mierda! Si pariese trillizos, a todos podría alimentar a la vez, pues con ese trío de dedales, toda sed podrá complacer.

Constanza, la de las tres terminaciones lácteas, mal le saldría si aumentar el pecho quisiera, que no le cobrarían por dos, sino por otra que mal tuviera. A Constanza no le consta que haya sido un don. Tampoco le asustan que la llamen anormal, que no ha nacido el primer “freak” que no se haya valido de su rareza, sean tres ojos, o dos ortos, sean cuatro brazos, o tres tetas.

Constanza al circo no quiere ir, ni en película de Almodóvar salir. Constanza repudia el morbo del que mira de modo absorto. Constanza, la negra de las tres tetas, que si las tuviera, tres bocas necesitara, pero no me alcanza esta bemba solitaria para su trío de uvitas pasas. Constanza, perdona mi limitación, negra bendita por la mano del creador. Dame trabajar por turnos en tu pecho celebrado, que a lo ternero huérfano, succione de placer. Si te pusieras un piercing, ¿a cual de ellos lo prenderías? Dime al menos uno, para evitarlo con mi lengua loca. Constanza, mi negra brea, de fulgor en piel y melaza en pena. No te como porque me empalagas, no te bebo porque me ahogas, no te mamo porque me confundo, no te beso porque me excitas, no Constanza, ya no te tomo, ni en pequeñas dosis te tomaría, que aunque no sea raro, de normal ya nada tiene, aunque si esperas un poquillo, de tres copas harán brasieres. Que Dios derrame el don que tienes a las madres olvidadas, a las matronas dolorosas de las villas polvorientas, aquellas que en vez de rosas, el escarnio las contenta. Que nazcan con tres tetas las paupérrimas holgazanas del destino que les niega ocupación. Que en vez de tetas, les llamen ubres, que en vez de uno se le peguen tres y que los infelices que ellas paren tengan opíparo banquete, que lo blanco se vuelva sangre hasta harto succionar, que la ambición los corroa y les extraigan hasta pus. Constanza, madre tierra, cuantos tristes ya has parido, que de tanta tetamenta, solo queda un escurrido. Ponte implantes de acrílico, vuélvete falsa pobre negra, haznos creer que sigues igual y que mas leche queda. ¿Que te hicimos Constanza? Todos los que te estropeamos ese útero, todos los que te hicimos gritar en parto te partimos de dolor. Déjanos tu legado, el de la madre que más mamaron, no el de la feminista flaca, velluda, de lentes, intelectual, con mochila cruzada, y ademanes de culta, de protestas liberales y miedo tonto al compromiso. No Constanza, que queremos recordarte gorda, de vagina rota y corazón igual, de mirada caliente como leona en celo, de pasión desbordada como si algo amaras. No te quiero ver cosida allá abajo para parecer virgen, no te quiero de vientre plano negando tu vejez, no te quiero sin arrugas, seria obviar tu historia, con canas te veras mejor. Muéstrame con orgullo que no te abriste de patas solo para follar, que con orgullo responsable las abriste más para parir. Que ningún gancho destruyo tu cría, ni vientos succionadores de mil caballos de fuerza, que ninguna píldora afecto a los que con tanto gusto hiciste y que con tanto valor llevaste, por los que lagrimas derramaste, y a los que siempre recordaras por las noches cuando te veas en el espejo y sientas la morbidez de tres tetas yertas. Insulta a Simone, vitupera a Chela Sandoval, escupe en la cara a la Wollstonecraft si de ti se burlase, que no hay mas liberación que la de saberse desencadenada en el lecho sudando de placer, en la camilla sudando de dolor, o con la teta afuera dando de beber.

lunes 11 de mayo de 2009

Testigo Don Fidel


Desde el lecho frío que besaba su cuerpo ya escaso de carnes, hablaba el padre Fidel de una tal Pilar que le sirvió de sacristana.

Lacaya fiel de la iglesia de La Merced, día y noche servía: tan sólo cuidaba, más nunca dormía. Pilar, beata de pueblo, de pelo largo, caderas escurridizas, cara lazarina de cuatro días de muerta, púber mostacho que lamía con su labio nunca lamido, nariz con la que bien podía hurgar buscando hormigas, senos de gota por forma y tamaño, bisagras velludas al estilo Woodstock, patas muletas, pelo de fique, paraíso hemipteroideo, sonrisa sin perlas, y un deseo inmenso de ser como el cura don Fidel.

Contaba el octogenario levita que, en noche ventosa, olvidó su breviario en la credencia pequeña del altar mayor. Parose sin titubear a buscarlo. Quería evitar que su conciencia le jugara una de esas morbosillas jugarretas que le hiciesen recordar la promesa de rezar, sin faltar, oficio de lecturas, laudes, tercia, sexta, nona, vísperas, y la celadora de sus sueños impúdicos: las completas. Por causa de éstas, decidió dejar el blando catre de policromada lencería hecha por indios Paeces a los que un día adoctrinó en el lejano Cauca de santas semanas y peregrinos devotos. Tomó su vieja sotana, raída y cansada, y sin usar nada debajo, con el miembro colgando cual lirio marchito, salió a su mandado. Como en vuelta de torero, rodeó el templo hasta encontrar la minúscula puertecilla que daba acceso a la sacristía. Un golpe, otro golpe, uno más y la torcida llave abrió, con la complicidad de tres golpecillos, sin aparente repercusión. En éxtasis hallábase Pilar; como harta de opio o barragana liada a Belcebú.

Según contó el santo doctor de almas quien había detenido su aún mórbido cuerpo en la entrada de la sacristía y, sin estropear a la fulana, contempló paso por paso lo que hacía. Ahora enfermo y más viejo con la ironía de un inquisidor y la sátira de un hereje declaró su fiel testimonio como sigue: se puso el ornamento exclusivo de las patronales mercedinas, el de canutillos, hilos de oro, ónix en brillo, el de la imagen de la Señora en pose de bondad, el que me hicieron las concepcionistas de Santa Beatriz. Caminó hacia el altar, reverenció al tabernáculo, besó la piedra ara, se persignó, ritos iniciales, oración colecta, leyó, predicó la desvergonzada, dijo el credo y hasta oró por supuestas personalidades de la congregación compuesta de bancas solas con un ligero olor a ancas sudadas, prefacio, plegaria eucarística, consagró la hija de puta, levantó el cáliz esta mal nacida, comulgó la muy perra, hasta meditó después de comulgar, se paró, oró de nuevo y dio la bendición.

Quería ahora, decía Don Fidel, salir corriendo hacia ella y darle su par de bofetadas por sacrílega, ignorante y por haber olvidado el padre nuestro que es parte esencial de la misa. Pero no, la paciencia es una virtud que harto esfuerzo le había costado y mejor esperó a que llegase a la sacristía para constatar que no olvidara reverenciar el crucifijo en pasta de maíz que un canónigo amigo le había enviado desde Morelia, en las entrañas tarascas de Michoacán en Méjico. Pues lo hizo, y cuando se quitó el ornamento de su sacro oficio, la alba Pilar sintió una ráfaga de repetidas manos que la sacó ipso facto del éxtasis en el que soñaba ser cardenal, padre de la Iglesia, cura animarum, ministro de la Santa, Católica y Romana. Como muerto que resucita y desea volver a morir, Pilar Lucía Castaño De La Rueda sintió que los cayos del párroco ruborizaban sin misericordia su pálida piel. Ni para que decir que no; bien conocía su falta y merecida era la punición.

Entre hallazgos de confesión, que por razones de sigilo no deberíamos contar, pero que al senil cura Fidel ya no le importan, Pilar ya llevaba tres años y cuatro meses funcionando de sacerdote en las fantasiosas pilatunas de sus solitarias noches en el templo. No sólo hizo misas, también bautizó, confirmó, casó, ordenó a más mujeres, aplicó la extremaunción, desbancaba a Rouco Varela de la Almudena, a Rubiano de la Primada y a Norberto Rivera no lo dejaba entrar ni al Zócalo. Ningún prelado se comparaba con su hábil uso del dedo señalador, ni a su trinar patético de gregoriano decadente.

Pilar perdió su acceso a la sacristía, al reino de lo sagrado, al palacio de lo bello. Ya resignada por su destino, marchose del pueblo sin dejar recuerdo alguno. Su rostro era olvidable, su cuerpo sin ninguna pretensión. Nada ha pasado, Pilar. Regresa a tu aldea a lidiar con gallinas, recoge los huevos como te dice tu tía, trae la leña que el viento se siente ya frío, arranca un tomate y hazte una sopa, tómatela, gózala y ríete de felicidad, puñetera, que no ha nacido una hija de puta como tú tan cabrona y gallarda. No ha nacido la primera hija de Eva que hiciese lo que tú hiciste. No hay, ni entre las comunistas, espíritu más libre que el tuyo, pues ellas pelean para darle el poder al que un día las oprimirá, pero tú Pilar, tú tienes más pelotas que los maricones que oprimen tu raza débil en odio, violencia, y rencor.

Así, con tono cansado y tristeza brotando, el padre Fidel recordaba a la hereje Pilar, a la que en ejercicio de guardián de la fe despidió por las veredas polvorientas de Santa Fe de Antioquia. Decía de ella, con pícaro gesto: “buen siervo fui al defender a la Santa Madre Iglesia de la relapsa Pilar, bien hice al exterminar la contumacia de su secreto pecado, buen siervo fui y que no digan los sagrados historiadores que no defendí la causa. Pero, en mis noches ocultas, después de rezar completas, cuando la mente dejaba de pensar en Dios y los demonios en festiva caravana venían, recordaba mi pasado, en el que jugaba, al igual que Pilar, con la ropa de mi madre Doloritas, ahora muerta. Recordaba cómo aquel vestido de terciopelo azul se ceñía a mis formas de adolescente imberbe, cuando imitaba al espejo los gestos de dama en cóctel, cuando vestía una chinchilla alrededor de mi cuello, cuando desfilaba lanzando besos cual doncella en busca de consorte, cómo llenaba mi faz de afeites sin fin y cómo me bañaba en agua perfumada para parecer perra en celo. ¡Ay Pilar! Decía Don Fidel, ¡cuánto teníamos en común! Tú jugabas a mí y yo a ti en mejor versión. Siempre soñé caminar de vuelta a mi mundo como tú, como en victoria y sin haber ganado nada más que la certeza de saberme libre. Vuelve, Pilar, un día y hállame en el espejo de mi cuarto vistiendo el ajuar que heredé de mi madre y que conservo en un baúl. Entra sin preguntar, obsérvame, calla, Pilarica; mira mi escena y dime luego si en algo fallé. Espera a que acabe y golpéame con furor, con importada violencia, que sé que no posees. Grítame Pilar, dime: maricón, joto, muerde almohadas, caga colchón, cacorro, florecita, mariposón, culo ancho, sodomita, o pirobo como ahora dicen los muchachos. Apostrófame: faggot, fruit cake, sale pédé, tante, tapette, invertito, marchettaro, effeminato, schwuchtel. Di todo lo que quieras y luego destiérrame como lo hice contigo. Así me iré por los campos pastoriles, como con aire de victoria y sin haber ganado nada más que la certeza de saberme libre.

domingo 3 de mayo de 2009

Coloquio de la Emancipación.

-Madame Rupert: eres torpe y poseo baja tolerancia a la estupidez.
-Aníbal: ¿Qué quieres que cambie?
-Mme. Rupert: no, no, no quiero que cambies…¡quiero que desaparezcas!
-Aníbal: pero, podría serle útil… podría lavar sus platos…
-Mme. Rupert: romperías mi loza china.
-Aníbal: podría lavar su ropa…
-Mme. Rupert: arruinarías mi Chanel.
-Aníbal: podría limpiar su casa…
-Mme. Rupert: ¿Crees que te dejaría poner tus burdas manos sobre mi mueblería Louisiana? Oye… ¿te has mirado en un espejo? Eres un error de natura: adefesio humano, esperpento, patizambo, tiparraco de imagen irrisoria y fulana personalidad. ¿Cómo crees que te dejaría deambular por mis propiedades sin punición alguna?
-Aníbal: entiendo.
-Mme. Rupert: tú nunca prosperarás.
-Aníbal: es posible.
-Mme. Rupert: tú nunca serás amado.
-Aníbal: como usted diga.
-Mme. Rupert: Dios no quiera que te reproduzcas; afearías mas la raza humana. Tu estirpe sería cual modelo flaca, cual rubia de amplias mamarias, cual insípida Gioconda, cual reinita de paso fino, fino lino y opinión sin tino. Quiero que dejes de atentar contra mis ojos, quiero que pares de ofender mi exquisito gusto, quiero que dejes esta cámara que, contigo adentro, no deja de apestar.
-Aníbal: no hay cuestión, no hay objeción, no hay llanto, no hay herida, no hay lamento. Esta cámara dejo en este momento. No sin antes revelar, el origen de esta hedentina, que maltrata tus fosas y de pecho causa anginas. Esta cámara apesta y no es por mí, es por tu boca, cercana a tu nariz, que, de tanto hablar mierda, tal olor ha generado, dándome un hipo nauseabundo que de ti yo siempre he odiado.